No salgo del bucle de los 4:28 minutos de Sanar, con sus reflexivos 38 segundos de silencio al final. Podría cantarla de memoria cien veces, como un mantra. A veces llorando, a veces con rabia, a veces deseando que se cumpliera ya lo que vaticina porque es una experiencia universal y nadie ha muerto de un corazón roto. Al contrario, solo prepara para que se vuelva a quebrar otra vez. Tiene una tremenda cicatriz, con una esperanza sincera de poder llenarla de oro y que por lo menos sea bonita.